Vamos por partes. En mis casi 6 años y medio de vida capitalina me han intentado robar, por suerte infructuosamente, 22 veces. No es joda.
Desde un pibe que sólo sabía decir "dame todo o te pincho" y que terminó evitando que me pise un auto hasta una pareja con una escopeta (sí, una escopeta). Desde uno que confundía a Fito con Calamaro hasta uno que me devolvió la billetera porque estaba vacía. Desde uno que terminó aceptando que no le dé nada a cambio de chocolates patagónicos (a traer la próxima vez que vuelva a mis pagos) y que, un par de días después, impidió que me afane otro flaco que tenía un cuchillo ("Dejalo, dejalo que con ese está todo bien. ¡Nunca un peso vos chubut, eh!") hasta un grupo que me apuró con una tabla (ni siquiera un palo, ¡una tabla!) y no se quiso llevar mi ahora difunto discman.
Tengo una suerte rara con este tipo de situaciones. No creo que nadie que haya sufrido dos o tres intentos de asalto diga que tiene suerte, pero el hecho de llevar a cuestas 22 y que todavía no me hayan robado nada implica algún tipo de suerte positiva. Atraigo este tipo de situaciones y salgo ileso.
Todo esto es un prólogo a la siguiente situación: sábado, 11 de la noche, llegando a la casa de una amiga en Boedo, levité de pera en una mano y chocolate en otra para regalarle a la cumpleañera. Toco timbre y espero, inutilmente, porque no se escuchaba, que me abran. Me doy vuelta y miro hacia la calle para ver a un flaco en bicicleta. Re pancho él, en una bicicleta playera, andando despacito, me mira tranquilo, sigue de largo y dobla en la esquina. Detalle: tenía una media en la cabeza. ¿Se entiende? ¡Una fucking media! Muy tranquilo él pedaleando mientras yo me hacía la película de que recién salía de afanar un banco. En bicicleta.
Fútbol sí, libros no.
Patria o Verón.
Tema del día:
Satisfied, del The swimming hour del Andrew Bird's Bowl of Fire del 2001
domingo, 27 de junio de 2010
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