viernes, 23 de enero de 2009

Acto

Estoy hablando con amigos, el tema me interesa: una chica me está esperando y no puedo decir que no. Voy hacia el colectivo, el extraño lugar indicado para nuestra reunión. Colectivo de línea, vacío. Ella y el chofer. Ella. Parada en el pasillo esperándome. Ella.
La conozco. Me conoce. Es una de esas amigas que no veo hace mucho y ya no tenemos nada en común, pero con las que nos la rebuscamos para reírnos cuando nos encontramos. Ella. Mucho más linda que lo que recordaba. Parada en el pasillo, esperándome.
Dudo en subir, luego dudo en pagar el pasaje, lo único que me anima es saber que ella no me va a reconocer. El pelo me tapa sólo la mitad de la cara y no hace tanto que dejé de verla, pero sé que si no le digo quien soy no me va a reconocer. Tendría que hacerlo, pero si no le digo quien soy no me va a reconocer.
Creo que no nos dijimos nada, creo. De cualquier forma su sonrisa hubiese bastado mil veces. El beso fue hermoso, profundo, eterno. Nos buscamos las almas el uno al otro y cada uno en sí mismo. Ella sabía quien soy, pero si yo no se lo decía no lo iba a demostrar.
Cuando fuimos al fondo (el único lugar que podía ofrecerle, nuestro universo transitorio) busqué inútilmente proteger nuestra intimidad. Tapé las ventanas con unos trapos y pretendí construir una cortina para el pasillo, pero su sonrisa me detuvo. Hubiera impedido que nade para salvarme de un naufragio.
Luego sólo recuerdo el abrazo (hermoso, profundo, eterno) y la penetración, supongo que perdí el conocimiento mirando sus labios.

Cuando volví en mí ya no era ella. Era otra conocida, acariciándome semidesnuda con vergüenza en los ojos. Me senté en un asiento alejado, sólo por respeto, esperando el momento en el que mi dijera con la mirada que podía acercarme. Los dos queríamos pero era demasiado complicado, así que decidimos hacer tiempo. Yo planeé nuevas formas de cubrir nuestra pequeña cuna (ya no era un universo) mientras ella se rizaba el pelo con las manos, perdida en algún pensamiento que no compartió.
Ahora que lo pienso era inevitable que pase; el colectivo paró y se bajó nuestro momento, al mismo tiempo que subían nuevos pasajeros. Un llanto de bebé me devolvió la razón, y mientras pensaba si nuestro momento podría alcanzar de una carrera al colectivo, descubrí horrorizado que los nuevos inquilinos de asientos eran mi familia.
Luego de los saludos de rigor (a mí y a ella, era evidente que aunque estuviéramos lejos estábamos juntos), ella rompe en llanto, mi viejo intenta calmarla y ella inventa excusas innecesarias. Yo me acerco despacio, confiado. Le corro el pelo de la cara, le seco las lágrimas y me arrodillo para abrazarla.
Su reacción es tan obvia que me sorprende, intenta soltarse, decirme que no quiere. Yo le digo que no pasa nada, que va a estar bien, que sé que es lo que le duele y que no tiene por que llorar. Ella me solloza que no me ama y me lo repite hasta que la callo con mi "esta bien, ya sé, ya sé" (por qué no le dije que yo tampoco? por qué? es lo que más me atormenta de todo lo que pasó) y la abrazo más fuerte para pedirle que simule un instante, que está mi familia.
Cuando termina nuestro abrazo (llano, seco, inútil) nos sonreímos con la última cordialidad que nos queda y, mientras ella se baja, pienso si mañana cuando la vea debo decirle que era yo, sabiendo que si no se lo digo no se va a animar a demostrarme que me reconoció.
Miro por la ventana, la veo hablando con el chico que la vino a rescatar. Me lleno de un rencor repentino que no puedo controlar: odio, envidia, inseguridad.

Me despierto, diez de la mañana. Me visto y me voy a la playa sin desayunar.

Bienvenidos a Comodoro, hogar de la nada y de las situaciones raras (no por extravagantes, claro, sino por incómodas)
Bienvenidos al dosmilnueve, año del acto

Tema del día:
Desde el viento en la montaña hasta la espuma del mar, de Pez. Del disco El sol detrás del sol, del 2002